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El Corán: Palabra de Al-lâh, fuente de conocimiento y de acción, Parte 6.

El término árabe ta’wîl contiene etimológicamente el sentido del proceso en cuestión. Literalmente significa devolver algo a su comienzo u origen. Adentrarse en los misterios interiores del Corán es precisamente volver a su Origen, porque el Origen es lo más interno, y la revelación o manifestación del texto sagrado es a la vez un descenso y una exteriorización del mismo. De hecho, todo sale de dentro hacia fuera, desde el interior hacia el exterior, y nosotros, que vivimos “en el exterior”, debemos volver al interior para alcanzar el Origen. Todo tiene un interior (bâtin) y un exterior (zâhir), y el ta’wîl es ir desde el zâhir hasta el bâtin, desde la forma exterior al sentido interior. La misma palabra fenómeno plantea la cuestión “de qué”, que implica la existencia de un noúmeno. Incluso Kant concibió la necesidad de los noúmenos; pero, dado que limitó el intelecto a la razón, negó la posibilidad de que los conociéramos. Pero cuando la intuición intelectual está presente y bajo la guía de la revelación podemos adentrarnos en la apariencia de aquella realidad de la cual la apariencia es apariencia, podemos viajar desde el exterior hacia el interior mediante este proceso de ta’wîl que, en el caso del Corán, significa llegar a entender su mensaje interior. La idea de adentrarse en el sentido interior de las cosas se puede ver en todas las facetas del Islam: religión, filosofía, ciencia y arte. Pero es sobre todo en el caso del Corán donde el ta’wîl es aplicado, especialmente por los sufíes y el shiísmo. Para mostrar la base tradicional de esta importante doctrina vamos a citar dos tradiciones, una de una fuente sunní y la otra de una fuente shií. Hay un dicho famoso del sexto imam shií Ya‘far as-Sâdiq, que habría dicho: “El Libro de Dios contiene cuatro cosas: la expresión explícita (‘ibâra), la alusión (ishâra), el sentido escondido, referido a los mundos suprasensibles (latâ’if), y las verdades espirituales (haqâ’iq). La expresión literal es para la gente común (‘awâmm); la alusión es para la élite (jawâss); el sentido escondido es para los amigos de Dios (auliyâ’); y las verdades espirituales son para los profetas (anbiyâ’).” También hay una referencia al Profeta transmitida por Ibn ‘Abbâs, uno de los más respetados transmisores de hadices en las fuentes sunníes, según la cual un día, estando en el monte ‘Arafât, se refirió al versículo “Es Allâh quien ha creado siete Cielos, y en la tierra otro tanto” (Corán, 65:12) (Allâhu lladhî jalaqa sab‘a samâwâtin wa-min al-ardi mithla-hunna); a continuación se volvió a la gente y dijo: “Si os comentara este versículo tal y como se lo oí comentar al Profeta, me lapidaríais.” Esta afirmación no significa sino que el Corán tiene un sentido interior que no está dirigido a nadie salvo a los que están cualificados para oírlo y entenderlo. La historia misma de Moisés y Jidr, elaborada en muchas fuentes tradicionales posteriores, como por ejemplo el Masnavi, se refiere a la presencia de un sentido interior en el Corán. Jidr, que equivale a Elías en la tradición judeocristiana, simboliza el esoterismo en el Islam, y Moisés la ley exotérica. Jidr acepta llevarse a Moisés como conpañero de viaje con la condición de que no le pregunte lo que hace. Sin embargo, sus acciones, que a primera vista parecen carecer de sentido y ser dañinas, y que incluyen derrumbar una pared y hundir un barco, terminan por recibir la oposición frontal de Moisés. Ante esta oposición, Jidr decide abandonar la compañía de Moisés, pero antes de marcharse explica cómo cada acto tenía un propósito escondido, ignorado por Moisés. Viendo la superficie de los sucesos los juzgó equivocados pero, una vez que su naturaleza interior fue revelada, su validez se hizo evidente. El esoterismo no puede ser juzgado con criterios exotéricos; tiene su propia lógica que ningún enfoque externo puede nunca esperar dominar. Esto es exactamente lo que pasa con el Corán. Posee una dimensión interior que no puede ser revelada por el análisis literal y filológico. Y precisamente este aspecto del Corán es el que menos conoce el mundo exterior. Sin embargo, en el mundo islámico mismo existe una larga tradición de comentarios hermeneúticos sobre el Corán entre los sufíes y en el shiísmo. Entre los comentarios sufíes del Libro Sagrado mejor conocidos están el de Rûzbahân Baqlî Shîrâzî, el de Shams ad-Dîn Mîbudî, y el célebre Ta’wîl al-Qur’ân, atribuido a Ibn ‘Arabî, pero, de hecho, obra de su comentador persa ‘Abd ar-Razzâq Kâshânî. El Masnavi de Rûmî también es, desde todos los puntos de vista, un comentario del Corán en verso persa. Por lo que se refiere a comentarios shiíes famosos de naturaleza teosófica y esotérica tenemos: los comentarios de Sadr ad-Dîn Shîrâzî y Sayyid Ahmad ‘Alawî a distintos capítulos del Corán, el Mir’ât al-anwâr de Abû l-Hasan Isfahânî, que resume todo el enfoque shií del comentario coránico, y la monumental obra Al-Mîzân del maestro contemporáneo Husain Tabâtabâ’î. Además de estas obras en que se revela la sabiduría interior del Libro Sagrado y se la convierte en la base y la fuente de todo conocimiento, hay todo un número de comentarios coránicos escritos por teólogos y filólogos, como Fajr ad-Dîn ar-Râzî y Zamajsharî, y también por muchos de los filósofos musulmanes, que hasta ahora han sido poco estudiados. El significado de esta última categoría de obras consiste en que, precisamente aquí, se buscaba la conjunción entre fe y razón, la armonía entre religión y filosofía. El comentario coránico era el punto de encuentro del conocimiento derivado de la ciencia y de los principios de la revelación. A pesar de las muchas obras que se han escrito sobre Ibn Sînâ2 en las distintas lenguas europeas, todavía no se ha hecho ningún estudio completo de sus muchos comentarios sobre varios versículos del Corán donde, más que en ningún otro sitio, buscó la armonía entre fe y razón. Todo el proceso de adentrarse en el sentido interior del Corán, de descubrir la única sabiduría que comparten la religión y la ciencia, se basa en este proceso de ta’wîl, que no significa buscarle al texto una lectura o un sentido metafórico. El ta’wîl, para el sufismo o para el shiísmo, no posee el mismo sentido que en la teología mu‘tazilí y en la jurisprudencia. No tiene nada que ver con el debate entre ash‘aríes y mu‘tazilíes sobre el sentido literal del Corán frente a su interpretación racional. El ta’wîl, tal y como lo usan los sufíes y los sabios shiíes, consiste en adentrarse en el sentido simbólico (y no alegórico) del texto, que no consiste en una interpretación humana sino en dar con un sentido predispuesto por Dios y colocado dentro del Texto Sagrado, a través del cual el hombre mismo queda transformado. El símbolo tiene una realidad ontológica que permanece por encima de cualquier construcción mental. El hombre no construye símbolos. Es transformado por ellos. Y así el Corán, con los mundos de sentido que se esconden en cada una de sus frases, transforma y reconstruye el alma del hombre. De hecho, como ya se ha señalado, no es sólo que las enseñanzas del Corán dirijan la vida del musulmán, sino que, lo que es más, el alma del musulmán es como un mosaico confeccionado con fórmulas del Corán en las que vive y respira. Algunas de estas fórmulas son tan comunes y, sin embargo, profundas, que hay que analizar su sentido para entender la actitud más elemental del musulmán hacia la vida tal y como la determina el Corán. La fórmula más fundamental del Corán es la primera shahâda, es decir, testimonio, lâ ilâha illâ Allâh, que es el manantial de toda doctrina islámica, el alfa y omega del mensaje islámico. Ahí está contenida toda la metafísica. Quien la conoce, conoce todo en su principio. Es la doctrina y el método: la doctrina, porque niega desde el Absoluto toda relatividad y multiplicidad y Le devuelve todas las cualidades positivas a Dios; el método, porque es el medio con el que el alma puede combatir contra los enemigos interiores. El lâ mismo del principio es una espada (y, en la caligrafía árabe, la letra lâm, de hecho, se parece a una espada) con la que el alma es capaz de matar todas las malas tendencias que alberga y que le impiden unificarse, que la empujan hacia el peligro del politeísmo, o shirk, haciendo que vea lo relativo como Absoluto. El musulmán repite la shahâda no sólo porque reafirma una y otra vez la Unidad Divina sino también porque esta Unidad, a través de esta repetición, termina dejando una huella permanente en el alma humana y la integra en su Centro. Es una espada con la que se destruyen las “deidades” que no dejan de surgir en el alma y con la que se niega toda multiplicidad y alteridad.
 
 
Aleya del día
2.158 Safa y Marwa figuran entre los ritos prescritos por Dios. Por eso, quien hace la peregrinación mayor a la Casa o la menor, no hace mal en dar las vueltas alrededor de ambas. Y si uno hace el bien espontáneamente, Dios es agradecido, omnisciente. 2.189 Te preguntan acerca de los novilunios. Di: «Son indicaciones que sirven a los hombres para fijar la época de la peregrinación». La piedad no estriba en que entréis en casa por detrás, sino en que temáis a Dios. ¡Entrad en casa por la puerta y temed a Dios! Quizás, así prosperéis.
Palabra del día
Es recomendable, el detenerse durante la ejecución del tawaf, en cada una de las esquinas de la Ka'ba. Y cuando se estuviera tocando la Piedra Negra, se tendría que decir:
: " أمانتي أديتها ، وميثاقي تعاهدته ، لتشهد لي بالموافاة".
"Yo he realizado con lo que se me había encomendado, y completado mi promesa, con el propósito de que deis testimonio de mi cumplimiento."