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El Corán, fuente de conocimiento y de acción, Parte 3.

Ahora bien, el poder del Corán no consiste en expresar un fenómeno o hecho histórico. Consiste en ser un símbolo cuyo sentido es siempre válido porque no tiene que ver con un hecho particular en un momento determinado sino con verdades que, al estar en la naturaleza misma de las cosas, son perennes. Por supuesto, el Corán menciona ciertos hechos, como la rebelión de cierto pueblo contra Dios y Su castigo del mismo, como también vemos en el Antiguo Testamento. Pero incluso esos “hechos” conservan su poder porque tienen que ver con nosotros como símbolos de una realidad que está siempre presente. El milagro del Corán consiste en poseer un lenguaje que tiene la eficacia de despertar las almas de los hombres ahora, casi mil cuatrocientos años después de ser revelado, tanto como al empezar a aparecer sobre la tierra. El musulmán se conmueve con el simple sonido del Corán y hay quien dice que la fe (imân) de una persona se comprueba en si es conmovido por la llamada (adhân) diaria a la oración y por la recitación del Corán. Este poder consiste, concretamente, en su naturaleza simbólica y no fáctica, como el símbolo de una verdad que tiene que ver con el hombre aquí y ahora.
De hecho, en las fuentes islámicas tradicionales, al Corán se le dan tres nombres que arrojan luz sobre su naturaleza y constitución. El Libro Sagrado del Islam es primero al-Qur’ân, luego al-Furqân y por último Umm al-Kitâb. El Libro es ante todo al-Qur’ân, es decir, una recitación de la que se deriva su nombre habitual. También es al-Furqân, es decir, un criterio, un discernimiento; y es, por último, Umm al-Kitâb, la madre de todos los libros. En estas tres denominaciones encontramos el significado profundo de este libro para el Islam. Es una recitación en el sentido de que es un medio de concentración en la Verdad, ya que una “recitación” es una concentración en la que las ideas y pensamientos son dirigidos hacia la expresión de un fin determinado. Como tal, el Corán es un ensamblaje de “ideas” y “pensamientos” que conduce a una concentración en la Verdad que contienen. También es un furqân o criterio en el sentido de que es el instrumento con el que el hombre puede llegar a discernir entre la Verdad y la falsedad, a distingir entre lo Real y lo irreal, lo Absoluto y lo relativo, lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo. Por último, en su calidad de la “Madre de los libros”, el Corán es el prototipo de todos los “libros”, es decir, de todo Conocimiento. Desde el punto de vista islámico todo conocimiento está contenido en esencia en el Corán, el conocimiento de todos los órdenes de la realidad. Pero este conocimiento está latente dentro del Corán en potencia, o a la manera de semilla y en principio, no de hecho. El Corán contiene los principios de toda la ciencia, pero no intenta contarnos el número de plantas que hay en un continente determinado o el número de elementos de la tabla periódica. Es inútil y de hecho absurdo intentar encontrar información científica detallada en el Corán como han hecho algunos comentadores modernos del mismo, es algo tan falto de sentido como el intento hecho en Occidente de correlacionar los descubrimientos científicos con el texto de la Biblia. Cuando llegamos a correlacionar los descubrimientos de una ciencia determinada con el texto del Libro Sagrado, esa ciencia misma ya ha cambiado y nos encontramos con la situación embarazosa de haber correlacionado un mensaje eterno con una forma efímera de conocimiento que, de hecho, ya no se considera verdadera. Lo que el Corán sí que contiene es el principio de todo conocimiento, incluyendo la cosmología y las ciencias de la naturaleza. Pero para entender estos principios necesitamos penetrar en el sentido de la “Madre de los libros” y luego descubrir cuál es la base y fundamento de las ciencias, no su contenido detallado.
El Corán es, entonces, la fuente del conocimiento en el Islam, no sólo metafísica y religiosamente sino hasta en cada campo particular del conocimiento. Su papel ha sido considerable incluso en el desarrollo de la ciencia y filosofía islámicas, aunque a menudo ha sido desdeñado por los eruditos modernos, por no hablar de las ciencias metafísicas, morales y jurídicas. Ha sido la guía y el marco en que ha tenido lugar todo esfuerzo intelectual islámico.
El Corán contiene en esencia tres tipos de mensaje para el hombre. En primer lugar, contiene un mensaje doctrinal, un conjunto de doctrinas que exponen un conocimiento de la estructura de la realidad y la posición del hombre en ella. En este sentido contiene un conjunto de normas morales y jurídicas que es la base de la Ley Sagrada Islámica o Sharî‘a y que tiene que ver con cada detalle de la vida humana. También contiene una metafísica sobre la naturaleza de la Divinidad, una cosmología de la estructura del universo y los estados múltiples del ser, y una escatología sobre el fin último del hombre y el más allá. Contiene una doctrina sobre la vida humana, sobre la historia, sobre la existencia misma y su sentido. Es portador de todas las enseñanzas necesarias para que el hombre sepa quién es, dónde está y hacia dónde debería ir. Así pues, es el fundamento tanto de la Ley Divina como del conocimiento metafísico.
En segundo lugar, el Corán contiene un mensaje que, al menos en la superficie, es como el de un extenso libro de historia. Relata la historia de pueblos, tribus, reyes, profetas y santos a lo largo de las épocas, la historia de sus penalidades y sufrimientos. Este mensaje está expresado esencialmente en términos históricos, pero se dirige al alma humana. Describe vívidamente los altibajos, las penas y vicisitudes del alma humana en términos de sucesos ocurridos a pueblos pasados que no sólo eran verdad referidos a tal o cual pueblo y época, sino que tienen que ver con el alma aquí y ahora. Si el Corán sólo tuviera que ver con una determinada tribu que se extravió por Arabia varios siglos antes del nacimiento de Cristo, no sería capaz de atraernos ni se nos presentaría como algo relevante y actual. Sin embargo, cada suceso que nos relata sobre cada ser, cada tribu o cada raza posee un significado esencial que tiene que ver con nosotros. El hipócrita (munâfiq), que divide a la gente y difunde falsedades en temas de religión, también existe dentro del alma de cada persona, así como también existe la persona extraviada, o el que sigue el “Camino Recto”, o el que es castigado o recompensado por Dios. Todos los actores del escenario de la historia sagrada que relata el Corán también son símbolos de fuerzas que existen dentro del alma del ser humano. El Corán es, por lo tanto, un extenso comentario sobre la existencia terrenal del hombre. Es un libro cuya lectura revela el significado de la vida humana, que empieza con el nacimiento y termina con la muerte, empieza a partir de Dios y vuelve a Él.
En tercer lugar, el Corán tiene una característica que es difícil de expresar en lenguaje moderno. Podría llamarse una magia celestial, si se entiende esta frase metafísica y no literalmente. Las fórmulas del Corán, al venir de Dios, tienen un poder que no es idéntico a lo que aprendemos de ellas racionalmente con su mera lectura y recitación. Antes bien, son como un talismán que protege al hombre y lo guía. Por eso hasta la presencia física del Corán comporta una gran gracia o baraka. Cuando un musulmán está en dificultades lee ciertas aleyas del Corán que lo pacifican y confortan. Y cuando quiere algo o tiene una necesidad imperiosa se vuelve de nuevo a las aleyas adecuadas del Corán. O de nuevo, cuando un musulmán saluda a otro, ya sea en el Hindu Kush o el las montañas del Atlas, usa la forma de salâm extraída del Corán. Todas estas palabras, fórmulas y frases poseen una magia celestial que está conectada con la presencia de lo Divino en la lengua sagrada que Él ha escogido para revelar Su Palabra. De hecho, el poder de la frase o de la fórmula sagrada existe también en otras tradiciones que tienen una lengua sagrada, pero no en religiones donde tal lengua está ausente — al menos no de la misma manera –. Aquí, la falta de este medio de apoyo viene compensada por la presencia de imágenes, símbolos e iconografías sagradas que contienen en sí la “magia celestial”.
En el nivel de la práctica, el aspecto del Cristianismo que más le cuesta entender a un musulmán es el significado de la cruz. En general, el musulmán no puede entender por qué el cristiano se inclina ante la cruz, la lleva y, en momentos de aflicción, se persigna. Desde el otro lado, los cristianos encuentran la misma dificultad ante este aspecto “mágico” del Corán, un Corán que los musulmanes llevan consigo y que recitan para obtener ayuda y protección.
El Corán posee con precisión una baraka para los creyentes que es imposible explicar o analizar lógicamente. Pero a causa de esta baraka o presencia divina perdura de generación en generación. La gente lo lee y se lo aprende de memoria; lo salmodian y lo recitan día a día y hasta ha habido santos que han pasado la vida entera sin hacer otra cosa que salmodiar el Corán. Y eso es porque la presencia divina en el texto alimenta las almas de los hombres. De hecho, recitar el Corán es un acto sagrado. Leerlo es un acto ritual que Dios desea que el hombre realice una y otra vez a lo largo de su viaje terrenal.[1]
 
Aleya del día
2 :127 Y cuando Abraham e Ismael levantaban los cimientos de la Casa: «¡Señor, acéptanoslo! ¡Tú eres Quien todo lo oye, Quien todo lo sabe! 2.130 ¿Quién sino el necio de espíritu puede sentir aversión a la religión de Abraham? Le elegimos en la vida de acá y en la otra vida es, ciertamente, de los justos.
Palabra del día
ha dicho el Imam Alí (P): "Y os obligó... la Peregrinación a Su Casa Sagrada y la estableció, Glorificado y Exaltado sea, como un signo para el Islam y como un refugio para quienes Lo buscan..." (Nahyul Balagha, pag. 40)