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El Corán, fuente de conocimiento y de acción, Parte 1.

El pacto realizado entre el hombre y Dios, por virtud del cual el hombre aceptó el depósito (amâna) de ser un ser inteligente y libre con todas las oportunidades y peligros que implica tal responsabilidad, viene simbolizado físicamente por la piedra de la Caaba. Espiritualmente, el registro de este pacto está contenido en el Corán, aquella teofanía central del Islam que es la elocuente expresión de ese pacto eterno entre Dios y el hombre. En el versículo coránico “¿Acaso no soy vuestro Señor?” (Corán, 7:172) (a-lastu bi-rabbikum) Dios le propone al hombre este pacto, aún antes de empezar el tiempo histórico y la creación de la tierra, y al responder “Sí, damos testimonio” (balà shahidnâ) el hombre acepta el reto de esta invitación así como guardar este depósito como “siervo de su Señor” (‘abd). En este “sí” yace el secreto y el significado particular de la existencia humana, de la vida de este ser teomórfico que es el jalîfa o representante de Dios en la tierra. El Corán contiene el mensaje con cuya ayuda se puede mantener este pacto y cumplir plenamente el objetivo de la existencia humana. Así pues, es la realidad central de la vida en el Islam. Es el mundo en que vive el musulmán. Nace con él en la medida en que la primera frase que se le recita en los oídos al niño musulmán recién nacido es la shahâda contenida en el Corán. Aprende algunas secciones de pequeño y empieza a recitar algunas de sus fórmulas desde el momento en que puede hablar. Vuelve a repetir algunos de sus capítulos en sus oraciones diarias. Se casa con la lectura de partes del Sagrado Libro. Y cuando muere le leen el Corán. El Corán es la tela con la que se confecciona la vida del musulmán; sus frases son como hilos con los que se teje la sustancia de su alma. El Corán, para el musulmán, es la revelación de Dios y el libro en el que está contenido Su mensaje al hombre. Es la Palabra de Dios revelada al Profeta a través del arcángel Gabriel. El Profeta fue, por lo tanto, el instrumento elegido por Dios para la revelación de Su Palabra, de Su Libro, cuyo espíritu y cuya letra, cuyo contenido y cuya forma, son divinos. No sólo el contenido y significado vienen de Dios sino también el recipiente y la forma, que son así un aspecto integral de la revelación. De acuerdo con fuentes tradicionales, las únicas relevantes en tales cuestiones, el Corán le fue revelado al Profeta cuando estaba retirado, según su costumbre, en una cueva de la montaña de Hirâ’ cerca de La Meca. De repente, la conciencia del receptáculo humano fue hecha pedazos por el arcángel Gabriel, cuya función en el Islam se parece de muchas maneras a la del Espíritu Santo en el Cristianismo. Le dijo al Profeta: “¡Recita!” (iqra’), y con esa palabra empezó la transmisión del mensaje divino. Es muy significativo que la primera palabra que se revelara del Corán fuera “¡Recita!”, ya que el símbolo supremo de la revelación en el Islam es un libro. En otras religiones la “revelación del Absoluto” ha adoptado otras formas, pero en el Islam, al igual que en otras religiones semíticas, aunque haciendo más hincapié, la revelación está conectada con un “libro”, y, de hecho, el Islam considera a los seguidores de todas las religiones reveladas como “gente del Libro” (ahl al-kitâb). A la orden de Gabriel de “recitar” el Profeta respondió declarando que no sabía hacerlo, ya que era iletrado. Pero el Mensaje Divino mismo le había dado la capacidad de “recitar” el Libro de Dios, y a partir de aquí se convirtió en el receptáculo humano de este mensaje que daría a conocer a la humanidad. Esta verdad religiosa, como muchas otras parecidas que se dan en otras tradiciones, es difícil que la acepte la razón humana, no porque sea ilógica de por sí, sino porque la razón se alimenta de la experiencia diaria de los sentidos y sufre el impacto de un fenómeno que trasciende los límites de la experiencia. Uno se pregunta cómo podría el Profeta ser iletrado (ummî) y sin embargo “recitar”; cómo podía ser iletrado y sin embargo proclamar el Corán, que es la más bella de todas las obras en lengua árabe, un libro cuya elocuencia misma es el mayor milagro del Islam. Muchos autores occidentales que escriben sobre esta cuestión esencial empiezan asumiendo — a menudo bajo velos de la supuesta “objetividad” y “erudición” — que el Corán no es en realidad la Palabra de Dios, una revelación procedente del Cielo. Por lo tanto hay que justificarlo. Al no ser la Palabra de Dios, a sus ojos tiene que ser naturalmente obra del Profeta que, por lo tanto, debe de haber sido un poeta muy bueno y de hecho no pudo haber sido iletrado. Debe de haber adquirido conocimientos fragmentarios de aquí y de allá, de la comunidad judía de Medina o de los monjes cristianos de Siria, componiendo con ellos un libro que estos críticos ven como una réplica pobre de otros libros sagrados como la Torá y los Evangelios. Tal punto de vista podría defenderlo alguien que rechace toda revelación como tal, pero es extraño oírles expresar tales posturas a autores que a menudo aceptan el Cristianismo y el Judaísmo como verdad revelada. Basta con hacer una comparación morfológica entre el Islam y, digamos, el Cristianismo para darse cuenta de por qué el Profeta tiene que haber sido iletrado y por qué alguien que entienda la religión en su sentido metafísico e intelectual debe aceptar la religión como tal, es decir, toda tradición ortodoxa, o bien estar en peligro de ser inconsistente intelectualmente o hipócrita espiritualmente.
Por supuesto, podría compararse el Islam y el Cristianismo comparando el Profeta con Cristo, el Corán con el Nuevo Testamento, Gabriel con el Espíritu Santo y la lengua árabe con el arameo, la lengua hablada por Cristo, etc. De este modo, el libro sagrado de una religión correspondería al libro sagrado de la otra religión, la figura central de una religión a la figura central de la otra religión, etc. Por supuesto, este tipo de comparación tendría sentido y proporcionaría un conocimiento útil de las dos religiones. Pero para entender qué sentido tiene el Corán para los musulmanes y por qué se cree que el Profeta era iletrado según la creencia islámica, tiene más sentido considerar esta comparación desde otro punto de vista.[1]
Continúa.
 
 
[1].FatimaTV.esJul 195 min read
 
Aleya del día
Ha declarado Allah, El Altísimo, en Su Libro: (“Por Allah! Que el Hajj a La Casa [de Allah] es para quien puede emprender el viaje, y aquel quien lo rechazara, entonces [ha de saber] que en verdad Allah es  Autosuficiente [respecto] a La Creación”) [Sura Al Emran, No.3, aleya 97].
Palabra del día
Ha dicho nuestra señora Fátima Zahra (P), la hija del Mensajero de Dios (BPD): "Dios estableció la Peregrinación como una construcción para la religión..." ( Al Bahar, tomo VIII, pag. 110).